Fue
en aquel febrero
bravo de tantas
inundaciones,
carreteras
intransitables,
con un mundo
de dificultades
para llegar
allá
partiendo
de Taiobeiras.
Fue
después
de un largo
viaje por
Valencia y
Nazaret, por
Itaparica
y Salvador,
andanzas de
mucho ojear
por el cielo
y por el mar.
En
San Juan,
entramos un
día
de intensa
luz después
de las lluvias.
Y conmigo
estaban Olimpia,
Rizzia y Gracielle,
al mismo tiempo
que buenos
amigos como
Joaquín
del banco
la Caja Económica,
Mario Portugués
y mis cuñados
Anderson y
Nelmy, todos
para dar mayor
prestigio
al hijo que
regresaba
a casa.
En
las calles,
Lauro, colega
de la primaria,
hacía
la sorpresa
con muchos
carteles de
saludo, todo
muy grato,
demasiado
bueno para
los ojos y
para el alma.
Visitas,
encuentros,
presentaciones,
un rememorar
de nostalgias,
un revivir
de viejos
y bien guardados
recuerdos,
una alegría
aquí,
una decepción
allí,
porque ni
todo lo que
el corazón
guarda, queda
inmune a la
acción
del tiempo.
Jóvenes
transformados
en viejos,
viejos ya
no en vida.
El paisaje
ya no es el
mismo y aunque
con las mejorías
del progreso,
es diferente.
Ya no es más
el puente
de los baños
de los niños
encueros y
de jóvenes
lavanderas,
ya no es más
el cañaveral
sin fin, ni
la sierra
verde oscuro
nuevecita;
el cesped
de la plaza
sustituido
por el pavimento
y los garajes
de gasolina;
el matorral
del cementerio
ya es un barrio
nuevo, todo
cambiado.
Los
ojos procuran,
el corazón
deplora toda
la ausencia
de eternidad
en las cosas
y en las personas.
Oh! Cuanta
falta!
La
noche, el
lanzamiento
de mi libro,
en la Matriz,
el louvar
de los discursos,
las explicaciones,
los abrazos,
el rodar de
tranquilas
lágrimas
de gratitud
al pasado,
la riqueza
de los buenos
recuerdos
que sólo
la infancia
puede dar,
la mirada
reverente
de jóvenes
profesoras
al camarada
más
viejo, enmadurecido
por los duros
dolores de
la vida.
Olimpia
me pregunta
bajito que
pasa por mi
cabeza, en
cuanto miro
la vieja iglesia,
oigo la antigua
campana, siento
nostalgia
del paisaje
pisado por
los pies descalzos
en tiempos
distantes.
Qué
responder?
Las cosas
que pasan
por el sentimiento
son superpuestas,
principalmente
las de mi
padre, todavía
joven. De
mi abuelo
Vicente y
de Doña
Adelina, mi
profesora
gorda y clara.
Llega
el segundo
día
y, en cuanto
dura el día,
un viaje por
el Campo Cipó
para visitar
a los tíos
Julio y Diolina,
el paso por
la Laguna
de la Venada,
por el río,
por los mangales,
la procura
de las viejas
carreteras
por donde
acostumbraba
pasar, yendo
para la casa
de María
de Silvina,
el camino
de la hacienda
del Doctor
Osorio.
Cada
recuerdo,
ahora el clip
de una fotografía,
la promesa
íntima
de pintar
un cuadro.
En la vuelta,
por la noche,
después
de la comida,
la conferencia
en la escuela,
una especie
de acierto
de cuentas,
un deshilachar
los sueños
vivos, un
voto de confianza
y un incentivo
a las nuevas
generaciones.
Más
de tarde,
el paseo por
las calles,
el atol de
maiz en el
comedor de
Doña
Benziña,
el café
com biscochos
por invitación
del padre
Juan, madeirense
culto y amigo
solícito.
Fue
durante
el café,
sentados
en duros
bancos,
brazos sobre
una mesa
larga sin
mantel,
de aquellas
hechas com
madera robusta,
que decidí
hacer un
comentario
sobre mi
primer profesor,
el viejo
Joaquín
Rolla, maestro
de regla
y palmatoria,
de loza
y tablada,
de norma
y abece.
Hablé
de la escuela,
de los colegas,
describí
los objetos.
Cuando iba
a mostrar
que me recordaba
también
de los muebles,
Cristovina,
la anfitriona,
sonrió
maliciosamente
y con un
brillo en
la mirada,
me hizo
arrancar
de dentro
el más
querido
de mis recuerdos,
pues en
aquella
mesa, en
aquellos
bancos,
todo aquel
ambiente
era mi primera
aula. Había
yo, por
acaso, olvidado
de que era
la hija
del profesor?
Estaba allí
el mayor
regalo a
mi corazón.